Cada 12 de octubre se conmemora la llegada de Cristóbal Colón a tierras americanas, fecha que durante décadas fue presentada como el “Descubrimiento de América” o celebrada bajo el nombre de “Día de la Raza”, exaltando una supuesta gesta civilizadora europea sobre pueblos considerados “salvajes”. Sin embargo, esa narrativa tradicional y eurocéntrica oculta que aquel 12 de octubre de 1492 marcó en realidad el inicio de uno de los procesos de conquista más violentos de la historia: la dominación, el saqueo y virtual exterminio de las civilizaciones originarias de América. Las cifras históricas estremecen: en el siglo posterior a la llegada de Colón, se estima que murieron alrededor de 56 millones de indígenas, cerca del 90% de la población originaria del continente. La colonización europea no solo diezmó a los pueblos indígenas mediante la guerra, las enfermedades introducidas y el trabajo forzado, sino que además instauró siglos de sometimiento colonial: millones de africanos fueron capturados y traídos a América como esclavos para sustituir a la mano de obra nativa, las sociedades precolombinas fueron despojadas de sus territorios, y sus creencias y culturas fueron subordinadas o destruidas bajo la imposición religiosa y política europea. Llamar “encuentro de dos mundos” o “conquista” a este proceso borra la violencia y el trauma que implicó para las poblaciones originarias. Hoy, afortunadamente, cada vez más voces cuestionan esa versión edulcorada de la historia. En este contexto, el historiador lujanense Federico Suárez —oriundo de la ciudad de Luján, Buenos Aires— nos ofrece una mirada crítica sobre lo que realmente significó y significa esta fecha, desmontando los relatos tradicionales. A continuación, De Que La Va reproduce íntegramente el texto que Suárez compartió, sin modificaciones, como valioso aporte para replantear la memoria del 12 de octubre:
No caben dudas que la era de la información del siglo XXI, está signada de símbolos y de imágenes que parecen ser un instante. Diseñada para el consumo inmediato del relato e inmersa en una vorágine interpretativa, muchas veces cae en la trampa de la carencia de contenido. Símbolos, fotos y titulados rimbombantes, pasan a ser parte de una “historia” de cualquier red social, que obliga al usuario que la consume, a no quedar al margen de este nuevo paradigma.
Como contrapartida a esta inmediatez –y aunque cueste demasiado–, habría que dedicarle un análisis más exhaustivo a ciertas bajadas de línea que, aprovechando este boom tecnológico de las imágenes, imponen pensamientos y temáticas cargadas de contenido político y cultural. Un ejemplo para el ejercicio de esta pausa informativa puede enmarcarse en los festejos virreinales locales. Es que el análisis de un proceso histórico de más de 300 años debería tener un contenido mucho más inclusivo y, al mismo tiempo, no quedar expuesto al consumo de la imagen o del espectáculo.
El mes de octubre para la ciudad de Luján es un período más que importante en el devenir de su identidad histórica: el 17 de octubre de 1756 se daba por iniciado el trámite para que el caserío del río Luján obtuviese la categoría de villa colonial. Protegido bajo firma del Rey de España, el estatus de Villa le otorgaba a un pueblo la posibilidad de financiarse, litigar justicia, oficializar el poder de policía y hasta administrar la jurisdicción de sus límites. Y por otro lado, en lo que respecta a los orígenes del pago, esta fecha es mucho más objetiva que el relato del “milagro” de la Virgen, carente de fuentes firmes y de fechas establecidas. Y si indagamos más fino todavía, es sabido por registros arqueológicos y antropológicos que estas tierras fueron pobladas por indígenas, aún con anterioridad a la llegada del período virreinal y del supuesto milagro impuesto por la historicidad religiosa de siglos.
Si a mediados del siglo XIX Vicente López y Planes, junto a Bartolomé Mitre, escribieron la Argentina del pasado desde una narrativa de “ganadores y perdedores”, en la actualidad sus concepciones gozan de muy buena salud… Malas noticias para los revisionistas… Y me gustaría dejar en claro que el motivo de esta columna no es ubicarse en el papel de “tradicional”, ni mucho menos en el de “revisionista”. Pero está claro que en varios sectores de nuestra sociedad se han naturalizado nuevamente algunas frases del relato histórico que parecían acabadas (“salvajismo indígena” o “frontera civilizada”). También han vuelto con fuerza las caricaturas de los esclavos “alegres vendiendo velas” y hasta la reivindicación de una España gallarda y colonizadora de estas tierras, en pos de “civilizar y no andar desnudos como los indios”. Pero quizá la máxima preocupación con respecto a estas narrativas impuestas es que muchos caímos en la falsa creencia de que se había avanzado con el respeto a las diferentes posturas del relato histórico. A ciencia cierta sería iluso renegar de un pasado hispánico o virreinal: está inmerso en nuestra cultura, en el ADN y hasta en la lengua castellana. Adoramos a un Cristo clavado en una cruz y a un Dios cómplice de la evangelización. Muchos nos educamos y convivimos con todo eso, o –mucho peor– se nos impuso. Pero también deberíamos saber que existen creencias religiosas como la Pachamama y Oldumaré, o permitirnos izar una Whipala al costado de la Bandera Argentina, un 12 de octubre en la plaza donde se erigió el primer monumento a Manuel Belgrano en el país.
Dejando a un lado la melancolía del relato de lo que no pudo ser, es necesario destacar que gran parte de la matriz virreinal estuvo signada por la violencia, el avasallamiento al más débil y una economía de extracción minera, basada en un sistema de castas que imposibilitaba el ascenso social. Y en la cuestión humanitaria tampoco se quedó atrás: masacró a millones de indígenas e introdujo a la fuerza a otros tantos esclavos africanos. El sistema virreinal se caracterizó también por una burocracia corrupta, enmarcada en el contrabando y amparada en leyes de protección a los más poderosos. La Villa de Luján fue parte de este sistema e indudablemente ha sido moldeada a la manera hispánica. El nombre proviene del capitán Pedro de Luján, tercero al mando de la expedición de Pedro de Mendoza en 1536 y además posee su damero y cabildo colonial. Por supuesto que amerita su fiesta y su recordatorio anual. Lo preocupante es que no nos permitimos reconocer que también durante la etapa virreinal existieron los esclavos, los caciques sometidos y, por supuesto, una pirámide poblacional sin ascenso social. Al mismo tiempo, es alarmante también mostrar un 12 de octubre con solo estandartes españoles y virreinales, que remiten directamente al sometimiento de una cultura sobre la otra. Observar flamear el estandarte borbón en la plaza Belgrano, coincidente con una fecha tan simbólica para los que intentamos dar a conocer una historia de indígenas y esclavos, fue un golpe bastante duro, certero, de bajada de línea e incluso de negación por lo originario. Los símbolos, las imágenes y los estandartes flameando en la Plaza Belgrano durante el mes de octubre transmitieron una ideología determinada y se impusieron desde un relato desigual, sin nada que envidiarle a la narrativa de la Generación del ’80. En las festividades no hubo una sola mención a indígenas o a esclavos, merecedores de ese espacio y partícipes también de ese sistema virreinal.
Para finalizar, Luján debería replantearse qué tipo de relato histórico va a generar a futuro. No es descabellado, por ejemplo, posicionar a Manuel no solo como el futuro beato de la Virgen, sino también como el referente del sincretismo cultural afro. Y no dejar pasar que, además, fue uno de los tantos esclavos que entraron por el Río de la Plata para ser explotados en las minas de Potosí o en las faenas rurales bonaerenses. También estaría interesante dar a conocer nombres de caciques como Tubichaminí o Calelián, porque a través de ellos se podría analizar la cosmovisión cultural de los pueblos originarios del pago de Luján, ya que –aunque el relato impuesto lo niegue– tuvieron sus tolderías muy cerca del caserío colonial. Es preciso destacar en el relato de nuestro pasado que en el Luján virreinal hubo hispanocriollos como el cabildante Carlos Thadeo Romero, representante de las ideas belgranianas en lo que respecta al cultivo y a la ganadería, y el párroco Francisco Argerich (primo de Manuel Belgrano y representante de la Villa de Luján en la Asamblea del Año XIII). Interesante también es rememorar que nuestro Cabildo fue la primera institución que apoyó al movimiento revolucionario de 1810, ideado –entre otros– por Moreno, Belgrano y Castelli, personajes que se opusieron al sistema virreinal de castas. Y ni hablar de la presencia en estos pagos del general José de San Martín, el gran Libertador de América que, junto a Simón Bolívar, fueron capaces de proponer una vida social mucho más justo que la borbónica, bajo gobiernos que fomentaron la alfabetización, la abolición de la esclavitud y la repartija de la tierra.
Las reflexiones de Federico Suárez nos invitan a un ejercicio imprescindible de memoria crítica. Su análisis expone con claridad por qué es tan importante revisar el pasado de manera plural e incluir las voces históricamente silenciadas –los pueblos originarios, las comunidades afrodescendientes y otros grupos subalternos– en el relato histórico. No podemos contar la historia desde una sola voz sin caer en la injusticia y la falsedad: incorporar esas otras miradas no solo repara en parte la negación que sufrieron, sino que enriquece nuestra propia identidad como sociedad. Fechas como el 12 de octubre deben resignificarse en clave de reflexión y diversidad cultural, más que de festejo colonial. De hecho, desde 2010 Argentina renombró oficialmente el feriado del 12 de octubre como Día del Respeto a la Diversidad Cultural, con el objetivo de “dejar atrás la conmemoración de ‘la conquista’ de América y dar paso al análisis y a la valoración de la inmensa variedad de culturas que los pueblos indígenas y afrodescendientes han aportado y aportan a la construcción de nuestra identidad”. Esta reevaluación crítica no es un fenómeno aislado: en muchos países de América Latina la efeméride del 12 de octubre también ha sido rebautizada para poner el foco en la diversidad cultural o en la resistencia de los pueblos originarios en lugar de en la gloria de la conquista. Por ejemplo, Venezuela recuerda este día como el “Día de la Resistencia Indígena”, Bolivia conmemora el “Día de la Descolonización”, mientras que en Perú se instituyó el “Día de los Pueblos Originarios y del Diálogo Intercultural”, entre otras nuevas denominaciones. Cada uno de estos cambios en los nombres y enfoques de la fecha refleja un mismo impulso: amplificar las voces de quienes fueron sometidos y ocultos por el relato colonial, y reconocer su aporte fundamental en la construcción de nuestras naciones.
Revisar críticamente el pasado no significa negarlo, sino entenderlo en toda su complejidad y desde todas sus aristas. Solo reconociendo plenamente las injusticias, violencias y resistencias que marcaron nuestra historia podremos construir una memoria colectiva más justa e inclusiva para las generaciones presentes y futuras. Desde De Que La Va queremos expresar nuestro profundo agradecimiento a Federico Suárez por el conocimiento compartido y su valioso aporte a esta necesaria mirada de nuestra historia.
