Día de la Identidad en Argentina – Ley 26.001: la identidad como derecho humano inalienable

Cada 22 de octubre, Argentina conmemora el Día Nacional por el Derecho a la Identidad, una jornada dedicada a afirmar la importancia de conocer y preservar la identidad de cada persona, especialmente de aquellos niños y niñas que fueron víctimas de la apropiación de identidad durante la última dictadura. Esta fecha fue instituida en 2004 por el Congreso de la Nación mediante la Ley Nº 26.001 con un claro propósito: homenajear la lucha emprendida por las Abuelas de Plaza de Mayo en la búsqueda y restitución de sus nietos apropiados. Desde entonces, cada año se realizan actividades educativas y de concientización para recordar el valor fundamental de la identidad y la necesidad de protegerla en todo contexto. A continuación, profundizaremos en el origen de esta conmemoración, el papel central de las Abuelas de Plaza de Mayo, el marco legal que la sustenta y una reflexión final sobre la identidad como un derecho humano inalienable.

Orígenes de la conmemoración: dictadura, apropiaciones y nacimiento de Abuelas

La última dictadura cívico-militar en Argentina (1976-1983) instauró un régimen de terrorismo de Estado que, además de la desaparición forzada de 30.000 personas, implementó un plan sistemático de robo de bebés. En centros clandestinos de detención como la ESMA, Campo de Mayo, el Pozo de Banfield, La Perla y otros, funcionaron maternidades clandestinas con listas de familias “en espera” de recién nacidos apropiados. Se calcula que cerca de 500 hijos e hijas de personas desaparecidas fueron sustraídos de sus padres biológicos –ya sea porque nacieron en cautiverio o porque fueron secuestrados junto a sus padres– y entregados ilegalmente a otras familias. A esos niños y niñas se les falsificó su identidad: algunos fueron criados por familias de militares o afines al régimen, otros abandonados en orfanatos como NN (Ningún Nombre) e incluso hubo casos de venta de bebés, todos ellos creciendo sin conocer su origen real. Cabe destacar que estas no fueron adopciones legítimas, sino apropiaciones ilícitas; es decir, se suprimió deliberadamente la identidad del niño para inscribirlo como hijo propio de los perpetradores, lo cual constituye un delito de lesa humanidad diferente de una adopción legal. En todos los casos, a estos niños y niñas se les negó el derecho a vivir con sus familias de origen, en la verdad y en el goce de sus derechos y libertades.

Frente a esta atroz realidad, los familiares de los desaparecidos comenzaron a movilizarse. Desde abril de 1977, las Madres de Plaza de Mayo ya realizaban sus rondas semanales exigiendo respuestas por sus hijos desaparecidos. En ese contexto, surgió una necesidad particular: la de aquellas madres que también eran abuelas, preocupadas no solo por sus hijos detenidos-desaparecidos sino por el destino de sus futuros nietos. Se cuenta que en una de esas rondas, una abuela se apartó y preguntó: “¿Quién está buscando a su nieto, o tiene a su hija o nuera embarazada?”. Así, doce mujeres que compartían el mismo dolor comprendieron que debían organizarse específicamente para buscar a sus nietos y nietas. El sábado 22 de octubre de 1977 se reunieron por primera vez y “iniciaron una lucha colectiva que continúa hasta hoy”. Aquella reunión fundacional dio origen a la organización inicialmente llamada “Abuelas Argentinas con Nietitos Desaparecidos”, que más adelante tomaría el nombre por el que se las conoce mundialmente: Abuelas de Plaza de Mayo.

Estas doce abuelas fundadoras –entre las que se contaban Alicia “Licha” Zubasnabar de De la Cuadra (quien sería la primera presidenta), María Isabel “Chicha” Chorobik de Mariani, Mirta Acuña de Baravalle, Delia Giovanola, entre otras– comenzaron a trabajar mancomunadamente en plena dictadura, arriesgándose ellas mismas a la persecución, para localizar a sus nietos perdidos. A ellas se sumaría tiempo después Estela de Carlotto, cuyo esposo e hija fueron víctimas del terrorismo de Estado, y quien en 1989 asumiría la presidencia de Abuelas de Plaza de Mayo. Desde su origen, la misión de Abuelas fue doble: por un lado, reclamar por la aparición con vida de sus hijos e hijas desaparecidos, y por otro, encontrar a sus nietos y nietas –los bebés que habían nacido en cautiverio o habían sido secuestrados junto a sus padres– y restituirlos a sus legítimas familias. Este objetivo humanitario, centrado en el derecho a la identidad de los niños, sembró la semilla de lo que años más tarde se reconocería legal e internacionalmente como un nuevo derecho humano.

El Día Nacional por el Derecho a la Identidad tiene su origen directamente en esta historia. La fecha elegida, 22 de octubre, no es azarosa: coincide con aquel primer encuentro de las Abuelas en 1977, marcando el inicio de una lucha tenaz en pos de la verdad y la justicia. Veintisiete años después de aquella reunión inaugural, la sociedad argentina –ya en democracia– reconoció formalmente la importancia de esa gesta. En 2004 el Congreso sancionó la Ley 26.001 que instituye el 22 de octubre de cada año como jornada nacional de conmemoración “en conmemoración al inicio de la lucha emprendida por Abuelas de Plaza de Mayo”, consolidando así en el calendario colectivo un día para la memoria, la reflexión y la educación sobre el derecho a la identidad.

El papel central de las Abuelas de Plaza de Mayo en la lucha por la identidad

Las Abuelas de Plaza de Mayo se convirtieron, con el tiempo, en un símbolo mundial de la lucha por los derechos humanos. Desde aquel 1977 en que comenzaron a reunirse casi en la clandestinidad, no han cesado nunca en su búsqueda. A lo largo de más de cuatro décadas desplegaron múltiples estrategias: visitaron juzgados, orfanatos e iglesias en plena dictadura buscando pistas; realizaron denuncias a nivel nacional e internacional; impulsaron campañas públicas para concientizar sobre la existencia de los niños apropiados; y forjaron alianzas con científicos, juristas y organismos para perfeccionar métodos de identificación. Un ejemplo notable de esta tenacidad fue el desarrollo del Índice de Abuelidad, una innovación científica en genética que permitió establecer la identidad de los nietos aun en ausencia de sus padres, comparando el ADN con el de sus abuelos. Gracias a logros como este –y al incansable trabajo investigativo y legal–, las Abuelas han posibilitado la restitución de la identidad de una gran cantidad de personas.

Los resultados concretos de esta lucha son emocionantes. Al día de hoy, 140 casos de apropiación han sido resueltos: es decir, 140 hombres y mujeres han recuperado su verdadera identidad y han podido conocer a sus familias biológicas. Detrás de ese número frío late un conjunto de historias de vida profundamente conmovedoras: son nietos y nietas que crecieron bajo una identidad falsa y que, ya adultos en muchos casos, pudieron reencontrarse con sus orígenes. Cada anuncio de un nuevo nieto restituido ha sido celebrado como una victoria de la verdad sobre la mentira. Por ejemplo, en abril de 2019 las Abuelas anunciaron la recuperación de la nieta número 130, mostrando que aún décadas después de la dictadura, el trabajo de búsqueda sigue dando frutos. Cada reencuentro es un acto de reparación tanto para las familias como para la sociedad en su conjunto.

Es importante destacar que la labor de Abuelas no solo logró reunir familias, sino que también dejó una huella indeleble en el terreno de los derechos humanos y la legislación. La incansable acción de estas mujeres fue clave para que, en 1989, la Organización de las Naciones Unidas incorporara explícitamente el derecho a la identidad en la Convención sobre los Derechos del Niño. Gracias a la participación activa de Abuelas en esos foros internacionales, la Convención incluyó los artículos 7, 8 y 11 que garantizan el derecho de todos los niños a un nombre, a una nacionalidad, a conocer a sus padres y a preservar su identidad. No es casual que a estos se los conozca como “los artículos argentinos”, en homenaje a la lucha de Abuelas que inspiró su adopción. Asimismo, en Argentina promovieron la creación de instituciones fundamentales como la Comisión Nacional por el Derecho a la Identidad (CONADI) y el Banco Nacional de Datos Genéticos (establecido por ley en 1987) para asistir en la identificación de los niños apropiados. En el plano judicial, las Abuelas han sido querellantes en numerosos juicios por crímenes de lesa humanidad, logrando que el delito de sustracción y supresión de identidad sea reconocido y castigado por los tribunales.

El compromiso y la perseverancia de las Abuelas de Plaza de Mayo han dejado enseñanzas profundas. Su lucha comenzó siendo personal y silenciosa, pero con los años se volvió colectiva y reconocida. Han educado a la sociedad argentina sobre la gravedad del delito de apropiación de menores y la diferencia abismal que existe entre una adopción legal de buena fe y la apropiación ilegal de un niño con fines represivos. Han instalado en el sentido común la idea de que preguntar por el origen de uno no es solo un asunto privado, sino una causa de derechos humanos que nos interpela a todos. Gracias a ellas, hoy en Argentina existe un consenso social sobre la condena a esas prácticas y la importancia de la Memoria, la Verdad y la Justicia como pilares para que crímenes así no se repitan.

El testimonio de quienes recuperaron su identidad evidencia el impacto de esta lucha en sus vidas. Muchos nietos restituidos expresan gratitud y alivio al conocer la verdad. En palabras de Guillermo Amarilla Molfino, nieto restituido en 2009: “Yo recuperé mi identidad gracias a la lucha de las Abuelas de Plaza de Mayo”. Guillermo, al igual que otros, comprendió que su historia personal pudo reescribirse porque hubo abuelas que nunca se rindieron buscándolo. Él mismo explica la diferencia: “A mí no me adoptaron, a mí me apropiaron… Apropiar es falsificar la identidad de un niño o niña y anotarlo como propio, eso es un delito”. Frases como estas muestran la magnitud del daño sufrido, pero también la importancia vital de la tarea de Abuelas: gracias a esa tarea, cientos de personas han podido reconectar con sus raíces y sanar, al menos en parte, las heridas de tanto tiempo.

Hoy, Abuelas de Plaza de Mayo continúa activa. Aunque muchas de aquellas doce pioneras ya fallecieron (algunas sin llegar a encontrar a sus nietos), nuevas generaciones de abuelas, familiares e incluso los propios nietos restituidos han tomado la posta de la búsqueda. «La búsqueda sigue y ya involucra a la generación de nuestros bisnietos…», afirman desde Abuelas, señalando que aún quedan familias esperando el abrazo del reencuentro. Cada nieto que falta es un llamado a no claudicar: como han dicho, hasta que no se encuentre al último nieto o nieta apropiado, la identidad de toda una generación está en duda. Por eso, el rol de las Abuelas sigue siendo central no solo para localizar a esos hombres y mujeres que desconocen su origen, sino también para mantener viva la memoria y exigir que nunca más el Estado cometa semejante violación a los derechos humanos.

Ley 26.001: El establecimiento del Día Nacional y los derechos que protege

El Día Nacional por el Derecho a la Identidad fue formalizado por la Ley Nº 26.001, sancionada el 16 de diciembre de 2004 y promulgada en enero de 2005. Esta ley, breve pero de gran significado, establece en su Artículo 1°: “Establécese el día 22 de octubre de cada año como Día Nacional del Derecho a la Identidad, para conmemorar la lucha emprendida por Abuelas de Plaza de Mayo”. De esta manera, el Estado argentino reconoció oficialmente la trascendencia de la causa de Abuelas, instaurando una fecha anual para recordar y sensibilizar sobre el tema. La misma norma dispone, además, que en esa fecha se realicen jornadas educativas y de concientización en todos los niveles educativos, e invita a las provincias y a la Ciudad de Buenos Aires a adherir a la conmemoración (muchas jurisdicciones lo han hecho, incorporando la fecha en sus calendarios escolares y actos públicos).

Ahora bien, ¿qué entendemos por “derecho a la identidad” y cuáles son los derechos específicos que este día busca resguardar? En términos generales, el derecho a la identidad es el derecho fundamental de toda persona a saber quién es, a conocer sus orígenes y a ser reconocida como un individuo único, con vínculos familiares, nombre, nacionalidad y cultura propios. Este derecho abarca varias dimensiones que han sido reconocidas tanto en el derecho internacional como en la legislación argentina. Podemos mencionar, entre otras, las siguientes:

  • Nombre y nacionalidad: Todo niño, desde su nacimiento, tiene derecho a un nombre y apellido, y a adquirir una nacionalidad que lo vincule legalmente a un Estado. Esto implica ser inscripto inmediatamente en el registro civil tras nacer, para obtener un documento de identidad que lo acredite. Estos elementos –nombre y nacionalidad– conforman la identidad jurídica básica de la persona y son indispensables para el ejercicio de cualquier otro derecho.
  • Relaciones familiares (filiación): El derecho a la identidad incluye el derecho a conocer la propia filiación, es decir, a saber quiénes son los padres biológicos y, en la medida de lo posible, a ser cuidado por ellos. Vinculado a esto está el derecho a preservar las relaciones familiares y no ser separado ilegalmente de la familia de origen. La Convención sobre los Derechos del Niño establece expresamente que los Estados deben respetar la identidad del niño, incluidos “la nacionalidad, el nombre y las relaciones familiares”, y que si un niño es privado ilegalmente de alguno de esos elementos, se le debe brindar la asistencia necesaria para restablecer su identidad lo antes posible. En Argentina, luego de la dictadura, se tipificó como delito la supresión de estado civil y la falsificación de identidad de menores, para castigar justamente a quienes privaron a estos niños de su familia y su nombre verdadero.
  • Origen cultural y pertenencia: La identidad no se agota en lo biológico o legal; también comprende la identidad cultural, entendida como las raíces, tradiciones, idioma y cultura de la familia y comunidad de origen de la persona. Cada niña y niño tiene derecho a saber de dónde viene, a conocer la cultura, las costumbres, relatos y canciones de quienes lo precedieron. Proteger el derecho a la identidad implica, por tanto, respetar esos orígenes y raíces que acompañan a cada individuo desde la infancia. La ley argentina de Protección Integral de los Derechos de Niñas, Niños y Adolescentes (Ley 26.061 de 2005) refuerza este concepto: garantiza el derecho a ser inscrito al nacer con un nombre y una nacionalidad, y establece el respeto a la identidad cultural y la preservación de los lazos familiares aun en casos de adopción o medidas excepcionales de separación. Es decir, incluso cuando un niño debe ser separado de su familia biológica por alguna razón de fuerza mayor, el Estado debe procurar que mantenga su nombre, sus apellidos, y que conserve –en la medida de lo posible– contacto con su familia de origen, su cultura y su idioma.

En suma, el derecho a la identidad que se reivindica en este día abarca todo aquello que nos define como individuos dentro de una comunidad: nuestra identificación legal (nombre, documento, nacionalidad), nuestra historia familiar (padres, origen biológico) y nuestro patrimonio cultural. La elección de las Abuelas de Plaza de Mayo como emblema de esta jornada pone el foco, específicamente, en el derecho a la identidad de origen de aquellos niños y niñas cuyo vínculo con su familia fue quebrado por el terrorismo de Estado. Pero su mensaje trasciende ese contexto: nos recuerda que toda persona, en cualquier circunstancia, tiene el derecho inalienable a conocer su verdad. Tanto es así que la Constitución Nacional Argentina, desde la reforma de 1994, otorga jerarquía constitucional a los tratados internacionales de derechos humanos que consagran este derecho (como la Convención de los Derechos del Niño), y en su art. 75 inc. 22 y 23 impone al Estado el deber de garantizar la identidad, en especial de los niños víctimas de desaparición forzada. Numerosas normas complementarias (por ejemplo, leyes de registro civil, leyes de adopción, creación de bancos de datos genéticos, etc.) forman hoy un andamiaje legal que protege la identidad como un bien fundamental.

Para cerrar: la identidad como derecho humano inalienable

El Día Nacional por el Derecho a la Identidad no es solo una fecha para rememorar hechos del pasado, sino una invitación a reflexionar desde el presente sobre la importancia de la identidad en nuestras vidas y en la construcción de una sociedad justa. La historia de las Abuelas de Plaza de Mayo y de sus nietos restituidos nos confronta con preguntas esenciales: ¿Quiénes somos si nos arrebatan nuestra historia? ¿Qué significa para una persona no conocer su verdadero nombre, sus padres, su fecha de nacimiento real? Las respuestas se encuentran en los testimonios de quienes atravesaron esa dolorosa experiencia y, afortunadamente, lograron descubrir la verdad.

Cuando una persona recupera su identidad tras años –o incluso décadas– de vivir en la mentira, ocurre algo profundamente reparador. Lo describe con elocuencia Daniel Santucho, el nieto restituido nº 133, quien recuperó su identidad en 2023: “Saber la verdad fue una sensación de paz. Me saqué un peso enorme… Que me digan que tenía un papá vivo, tres hermanos y toda una familia que me buscó toda la vida fue hermosísimo, increíble”. Sus palabras reflejan la mezcla de alivio, alegría y plenitud que trae aparejada la verdad. La verdad sobre el propio origen libera; es como recomponer las piezas de un rompecabezas personal que siempre tuvo espacios vacíos. De pronto, la persona puede mirarse al espejo sabiendo realmente quién es y de dónde viene, y eso le da una paz interior invaluable. Cada vez que un nuevo nieto o nieta recupera su identidad, no solo esa persona gana su historia, sino que una familia entera –que a veces lleva casi medio siglo buscándola– encuentra sosiego. Y el conjunto de la sociedad se reconforta, porque en cada restitución de identidad se reafirma la vigencia de la justicia y de los valores humanos más básicos.

Desde una perspectiva de derechos humanos, la identidad es un pilar fundamental de la dignidad. Se trata de un derecho humano universal e inalienable, reconocido por tratados internacionales y por nuestra Constitución, que el Estado tiene la obligación de respetar y garantizar plenamente. No puede ser renunciado ni perdido, y su protección es condición para el ejercicio de muchos otros derechos. En efecto, difícilmente alguien puede gozar plenamente de sus derechos civiles, políticos, sociales o culturales si ni siquiera sabe quién es o si su identidad ha sido falseada. Por eso, la protección de la identidad es también puerta de acceso a todos los demás derechos.

La experiencia argentina en torno al derecho a la identidad ha dejado aprendizajes trascendentes. Uno de ellos es la noción de que Memoria, Verdad e Identidad van de la mano. Así como se habla de Memoria, Verdad y Justicia respecto de los crímenes de lesa humanidad, la búsqueda de la identidad de los niños apropiados ha sido parte inseparable de ese tríptico: sin verdad no hay identidad, y sin identidad no puede haber justicia plena. Las Abuelas de Plaza de Mayo han enseñado al mundo que incluso frente al intento más cruel de borrar el origen de una persona, la persistencia en la búsqueda puede triunfar. Han mostrado que la identidad es un derecho inalienable porque pertenece a la esencia misma de la persona, y ningún régimen por más autoritario que sea puede extinguir para siempre esa verdad. Como bien lo expresan ellas, “la verdad sobre el origen es liberadora y aporta a la construcción de la identidad”.

A casi 50 años del inicio de su lucha, las Abuelas siguen apelando a la sociedad con una mezcla de ternura y firmeza para encontrar a quienes aún faltan. Sus campañas actuales –que invitan a los jóvenes a reflexionar sobre quiénes son, o a quienes dudan de su identidad a acercarse a la CONADI– evidencian un compromiso que se renueva en cada generación. Este 22 de octubre, al conmemorarse el Día Nacional por el Derecho a la Identidad, el mensaje es tan vigente como siempre: debemos valorar el derecho a conocer nuestra identidad como un derecho inalienable, imprescriptible y esencial para nuestra realización como seres humanos. Y en honor a las Abuelas de Plaza de Mayo, que con su amor y coraje nos legaron esta conquista, debemos asumir colectivamente la responsabilidad de defender ese derecho en todos los ámbitos.

En esta jornada, ‘De Qué La Va’ se suma a la conmemoración con una mirada sensible y comprometida, invitando a sus lectores a hacer memoria y a empatizar con aquellas historias de vida marcadas por la negación de la identidad. Recordar el Día Nacional por el Derecho a la Identidad es recordar a las abuelas que transformaron el dolor en acción, a los nietos y nietas que recuperaron la verdad, y a los que aún esperan. Es afirmar que nunca más permitiremos que se arrebate lo más profundo de la esencia de una persona. Y es, sobre todo, celebrar que en Argentina la identidad se entiende y se siente como lo que es: un derecho humano irrenunciable, que debemos proteger hoy y siempre.

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